Les Revoltes remences

Las Planas de Hostoles, Gerona, 2021

LAS REVUELTAS REMENSAS: EL TIEMPO DE LA SERVIDUMBRE HA ACABADO

Desde mediados del siglo XI, con el debilitamiento del poder condal, y en los siglos posteriores a causa del pactismo practicado por los reyes aragoneses, la presión de los señores feudales hacia los campesinos, dio lugar a un proceso de lenta pero continuada feudalización del campo catalán.

CONTEXTO HISTORICO

Una colaboración de: Carles Guillot

La riqueza feudal se basaba en las extracciones señoriales (rentas e impuestos) que estos cobraban a los agricultores. Así, los campesinos libres fueron desapareciendo y se convirtieron en siervos, campesinos adscritos a una tierra que trabajaban y a la que estaban ligados por un contrato enfitéutico. Este contrato establecía que la tierra tenía una doble propiedad. Por un lado, el dominio directo correspondía al señor feudal, y por otro, el dominio útil quedaba en manos de la familia campesina. La secuencia sería la siguiente: El señor entrega a perpetuidad el dominio útil de la tierra a cambio de una cantidad (primero en especies, luego sustituida por dinero, aunque no desaparece el censo en especie) en concepto de entrada del agricultor en la tierra y se reserva una serie de derechos sobre la tierra. A cambio, el enfiteuta tendrá el derecho de poseer el dominio útil, de decidir que plantará y cómo gestionará la explotación, de venderlo, de sub-establecerlo y de enajenarlo, así como de disfrutar de parte de sus frutos, siempre respetando, sin embargo, los derechos que tiene el señor feudal.

La mejor manera de sacar provecho de esta situación de dependencia del agricultor en zonas como el valle de Hostoles, de hábitat disperso, fue la existencia y proliferación del mas, que era la unidad típica de explotación agrícola. Estaba constituido por el conjunto de construcciones, donde se encontraban la residencia familiar del campesino, las cortes, los almacenes y las cuadras, y por unas 20 o 40 hectáreas de tierras de labranza, llamados generalmente honores, caracterizadas por un policultivo, que incluía diferentes variedades de cereales (cebada, trigo, avena, espelta, …), arboricultura secundaria, huerto, pastos, eriales y con una parte de bosque que permitiera conseguir ramas y madera para el mantenimiento de la casa y el ganado.

A estos contratos enfitéuticos hay que añadir otros derechos que tenían los señores sobre los agricultores. Son los llamados «malos usos» que legitimaban las exacciones que, de manera arbitraria, se habían ido imponiendo en la Cataluña Vieja desde el s. XI y que constituían unas prácticas rutinarias hereditarias, encaminadas al lucro de los señores. Básicamente son la mañería o exorquia, que permitía que el señor se quedara con la tercera parte de los bienes del labrador que moría sin descendencia que siguiera trabajando las tierras del cortijo; la firma de expolio, que obligaba al campesino garantizar la dote que le aportaba la futura esposa con él, pero que tenía por su señor; la intestia, que penalizaba los agricultores que morían sin hacer testamento; la ársia o arsina, que implicaba que el señor podía quedarse con la tercera parte de los bienes del agricultor a quien se le hubiera quemado el mas del que dependía (y que se puede interpretar como una manera de evitar formas extremas de expresión de rebeldía campesina o como una manera de sacar beneficios de la desgracia ajena); la cugucia, que castigaba, a través de los bienes del agricultor, las relaciones adúlteras de la mujer, y que puede ser considerado una forma de control sobre las relaciones sexuales de la mujer. Además de los anteriores, está la remensa, recogido en la constitución «En tierras o lugares» promulgada en las Cortes de Barcelona de 1283, y que exigía que los tenientes no libres, los agricultores que estaban adscritos al mas de un señor, pagaran derechos de redención si abandonaban las tierras señoriales para establecerse en otro lugar y que trataba campesinado como personas no libres y sometidas a él.

Con la llegada de la peste en Cataluña en 1348, y otras epidemias en los años posteriores, se produjo una gran mortandad en todo el territorio. Cataluña pierde más de un cuarto de su población, y muchos caseríos quedan vacíos, o bien por la muerte de sus habitantes o por la fuga de estos.

Este fenómeno dará lugar a los llamados «masos rònecs» (caserios polvorientos), casas y tierras abandonadas por sus propietarios. En el valle de Hostoles esta mortandad también llegará, y será más grave que la media catalana, ya que se cree que cerca de dos tercios de la población murió. En un censo de 1329 se contabilizan 310 masías, pero después de las pestilencias solo quedan 118. Además, en la zona del valle de Hostoles, esta mortandad se vio ampliada por la serie sísmica que afectó toda el área de la Garrotxa los años 1427 y 1428, que llenó de escombros la Cataluña Vieja. Sabemos que estos terremotos fueron derrumbó buena parte de los monasterios de Amer, Banyoles o Camprodon, y ciudades como Olot y Puigcerdà, y nos consta que quedaron destruidas las iglesias parroquiales de las Llanuras, San Pedro Sacosta, Cogollos y las Encies. Fruto de todas estas calamidades, los señores feudales vieron como sus rentas disminuían y se dedicaron a aplicar una política más severa sobre las familias de payeses.

Fruto del descontento de esta situación, ya desde finales del siglo XIV y principios del siglo XV los campesinos intentarán organizarse para acabar con esta condición de servidumbre. Pero no será hasta mediados de siglo que la corona otorgó una autorización a todos los payeses para poder constituir los sindicatos remences, es decir, para que pudieran juntarse, en un número no superior a cincuenta y siempre con supervisión de un oficial real, para tratar el tema de la absolución de estas cargas y, a cambio, los campesinos se comprometen a pagar 100.000 florines a la corona. Así, en los años 1448 y 1449, se reunieron en Cataluña más de 10.500 hombres de 912 parroquias. Los habitantes de las parroquias del valle de Hostoles (Les Planes, San Pedro Sacosta, las Encías, Cogollos, Pineda y Sant Feliu de Pallerols) son citados el día 9 de noviembre de 1448 en la plaza de Sant Feliu de Pallerols, donde acuden cuarenta cabezas de familias remences. Debemos tener presente que la autorización real del rey Alfonso IV para la creación de este primer sindicato remença es una de las primeras muestras de reconocimiento político de un colectivo no privilegiado: por primera vez se reconoce capacidad de negociación en el colectivo de agricultores no libres.

Ante la negativa de los grandes señores a responder las requisitorias reales, como que no admitieron la legalidad de la demanda ni reconocer el rey como autoridad competente, el 4 de octubre de 1455 el rey Alfonso el Magnánimo hizo pública una sentencia autocondenando los señores y suspendiendo provisionalmente la remensa y los malos usos, lo que marcará un punto de inflexión en el conflicto, ya que muchos agricultores dejarán de pagar amparándose en esta sentencia. Pero los señores feudales comenzaron a reclamar las prestaciones señoriales y homenajes que los agricultores les debían, sin hacer diferenciaciones entre las servidumbres personales propias de los malos usos y los censos de las tierras. Esta actitud desató los ánimos de los agricultores y provocó un alzamiento armado de los agricultores del Empordà, seguido por los territorios del interior de Girona, la zona llamada La Montaña en febrero de 1462. Debemos tener en cuenta que los agricultores sublevados no eran solo los remensas, sino de buena parte del campesinado de estas zonas, es decir, campesinos baches establecidos en otras tierras, jornaleros y campesinos sin propiedades, pero que sufrían igual los abusos de los señores. De hecho, la violencia campesina iba dirigida contra la pequeña nobleza y los propietarios rurales que vivían en las ciudades y villas. Por lo menos, así parece demostrarlo el Dietario o Libro de Jornadas del escribano mayor de la Diputación del General, Jaume Salafont, cuando escribe que “molts pagesos s’eren levats mà armada contra lurs senyors denegant-los pagar censos, delmes e altres rendes; e anaven per tot Empurdà e altres parts del dit Principat combatent viles e castells, axí com són Castellfollit, Sancta Pau, Banyoles e altres lochs molts. E prenien los cavallers e gemtils hòmens, entrant-los per força per lurs cases, e robantlos tots los béns mobles que y trobaven, axí com són roba, argent, diners, sclaus, sclaves, mules e cavalls, e tot se’n ho portaven, e metien-los groça cadena pel coll e stacaven-los a la paret”.

Este levantamiento coincidió con el estallido de las hostilidades armadas entre la corona y las instituciones civiles catalanas. En el trasfondo de este conflicto encontramos las tensiones entre diversos sectores de la nobleza catalana, la lucha por el control municipal de Barcelona entre los diferentes estamentos agrupados en la Viga y la Busca y el enfrentamiento político entre la corona y la Diputación del General (Generalitat), tanto por motivos económicos como por el autoritarismo monárquico que la dinastía castellana quería imponer a esta rígida estructura, controlada por la oligarquía catalana y los señores feudales. El aumento de la tensión hizo que el rey Juan II se fuera del territorio catalán, y la reina Juana y el príncipe Fernando se refugiaran en Girona, donde llamó Verntallat como jefe de las fuerzas remences; Comenzaba así la Guerra Civil Catalana, que enfrentó a la corona con las instituciones catalanas (1462-1472), y que se vivió en las tierras gerundenses y sobre todo en la zona de El Monte (La Garrotxa, parte de La Selva y el Ripollès) como un enfrentamiento de carácter anti feudal, de campesinos organizados contra los señores, mientras que en gran parte del resto del territorio fue un enfrentamiento entre ejércitos mercenarios. Desde sus refugios de La Montaña, los remences organizaron su defensa, saliendo a atacar pueblos y ciudades en manos de la Generalitat y auxiliando la ciudad de Girona, actuando como un ejército guerrillero y amparados por la protección de esta zona montañosa.

Con la victoria real, sin embargo, no llegó la ansiada supresión de los malos usos. En un intento de pacificar la zona más conflictiva del levantamiento remensa, el rey concedió y revalidar privilegios e indultos en el Valle de Hostoles, y creó el vizcondado de Hostoles en octubre de 1474, nombrando Verntallat como vizconde, además de llamarlo capitán general. Desde esta posición, y ante la inactividad de la corona, Verntallat hace la Llamada de Constantins (1475), donde proclamaba la extinción de los malos usos, de los censos y de las tareas feudales, al menos en los territorios que estaban bajo su jurisdicción. Ferran, ya convertido en rey por la muerte de su padre, deroga el 1481 la suspensión hecha por su tío Alfonso IV el año 1457. Comienza pues, de nuevo, una terrible violencia señorial indiscriminada para cobrar las rentas y los malos usos, algunos de ellos postergados desde hacía treinta y seis años. Por ello, los señores del área de La Montaña no pudieron aplicar la ley, ya que se encontraban ante un fuerte movimiento remença bien organizado, y en intentarlo por la fuerza se fueron gestando las condiciones para una segunda revuelta campesina.

Una de estas expediciones punitivas tuvo como objeto las familias campesinas de Mieres durante septiembre de 1484. Encabezados por el alguacil real Gilabert Salbà y los veguers de Girona y Besalú, una hueste armada intentó embargar los bienes de los agricultores del Valle de Mieres, pero un fuerte contingente de hombres armados, dirigidos por Pere Joan Sala, natural de Rocacorba y lugarteniente de Francisco de Verntallat durante la primera revuelta remensa, les hizo frente y obligó estos a refugiarse en Can charlo, de donde solo se escapó Gilabert Salbà. Este segundo levantamiento, llamada también Segunda Guerra Remença, fue un levantamiento contra los fundamentos del orden feudal, tal como lo demuestra la proclama de los sublevados: «franchs e liberts de qualsevols servicis, drets e responcions a les quals fossen en qualsevulla manera obligats«. Esta revuelta no se quedó en los feudos remences de El Monte, sino que salió a combatir en los centros de poder político, es decir, a las villas, ciudades y fortalezas. La revuelta se propagará rápidamente por las tierras de Osona, comandada por Bartomeu Sala, sobrino de Pedro Juan, y por el Maresme. De este modo se controlaban las vías de comunicación que conducían hacia Barcelona, las del Maresme y del Llobregat, al tiempo que ocupaban varias poblaciones del Vallès como Caldes de Montbui, Granollers, Sabadell y Terrassa, con la colaboración de parte de la población de estas villas. De hecho, los consejeros de la ciudad de Barcelona opinaban que “de cap pagès no se pot haver ajuda, puix tots stan unànimes en lo crit de que lo Rey no es vol que’s pague res per usos i tasques». Las huestes sublevadas, formadas ya por un millar de campesinos, venció el ejército del veguer Antoni de Rocacrespa, y amenazaban la misma ciudad de Barcelona. Finalmente, en marzo de 1485, un ejército salido de la ciudad condal, integrado y pagado por las clases dirigentes, aniquiló cerca de la población de Llerona los campesinos sublevados. Pere Joan Sala fue hecho prisionero, ejecutado y descuartizado y su cabeza exhibido en una de las torres de la ciudad durante un tiempo. Esta victoria, sin embargo, no apaciguar los ánimos y se continuaron ocupando villas y castillos. A raíz de esta segunda revuelta, la corona salió fortalecida como única institución por el arbitraje, ya que los agricultores no aceptaban la legitimidad de las Cortes, de las que no forman parte. De este modo, el 21 de abril de 1485 Fernando el Católico dictó la sentencia arbitral desde el monasterio de Santa María de Guadalupe, en Extremadura, en la que establecía la redención de los seis malos usos y extinguía toda una serie de abusos y trabajos personales si se demostraba que los agricultores habían sido inducidos ilegalmente. Los propietarios directos eran compensados con 60 sueldos por cada capmàs, con 10 sueldos por cada mal uso redimido o bien con 3 sueldos por el agricultor que pagar anualmente hasta que este fuera redimido. Asimismo, quedaban confirmadas las jurisdicciones de los varones y los derechos derivados de los dominios directos. Del mismo modo, los campesinos debían capbrevar cada vez que el señor lo requiriera. También restauraba el principio de autoridad, restituyendo los castillos y fortalezas, la liberación de los campesinos detenidos en prisiones privadas, así como al pago de 6.000 libras en concepto de indemnización a los propietarios por los estragos de la segunda revuelta remensa, condenaba a muerte a 60 caudillos remences, ya pagar el resto de los agricultores (es decir, a todos los agricultores), 50.000 libras en concepto de multa por el levantamiento.

Algunos agricultores no aceptaron esta sentencia, y continuaron las revueltas, aunque esporádicas, como el asalto al Castillo de Santa Coloma de Farners o el de Santa Pau, ocupado todavía el 1486. Para poner fin a esta situación, se organizó un host, encabezada por el lugarteniente Enrique de Aragón, para la extinción de los diferentes focos remences, que acabarían derivando en el bandolerismo. Para poder recaudar el dinero de la multa y las indemnizaciones impuestas por la corona, se constituyó el Gran Sindicato Remensa de 1488, que elaboró un censo de los hogares que tenían que pagar. De este modo, unas 8.900 familias pagaron una media de 156 sueldos (más del doble de lo que les hubiera costado la redención de los malos usos), y la corona obtuvo unos 47.700 sueldos.

Acababan de esta manera los levantamientos remences, que ponían fin a la Edad Media en Cataluña, con una Sentencia Arbitral de Guadalupe que algunos historiadores ven como una victoria campesina (la primera revuelta organizada de agricultores europeos que logró un resultado final positivo), ya que eliminaba la condición remença del campesinado catalana. Para otros, sin embargo, la Sentencia de Guadalupe fue solo una victoria simbólica de los remensas, ya que con esta se afianzaron sus vínculos con los señores y porque no lograron representatividad política permanente a pesar de la posibilidad demostrada en la organización de los sindicatos remences.

Carles Guillot. Historiador.

El tiempo de la servidumbre ha acabado

El primer contacto que tuvimos con las Planes d’Hostoles fue en junio de 2020, cuando desde el ayuntamiento se pusieron en contacto con nosotros para hacernos llegar la propuesta de realizar una intervención mural en el pabellón polivalente del pueblo. De alguna manera, esta intervención daba continuidad a otros murales realizados anteriormente en las Llanuras, pero en este caso querían que la intervención de arte urbano estuviera enfocada a recordar las revueltas remensas, muy importantes para la historia del pueblo durante la segunda mitad del siglo XV. El Ayuntamiento nos pidió que la intervención pusiera en valor estas revueltas remensas, ya que es uno de los primeros casos en que un levantamiento popular, campesino, finalmente consiguió sus reivindicaciones y la mejora de sus condiciones. El objetivo del mural era mostrar y valorar la soberanía del pueblo para levantarse y luchar contra la servidumbre, los malos usos y la mala gestión gubernamental.

Para Muros de Bitácora este proyecto se ha convertido en un reto, ya que normalmente trabajamos con episodios históricos contemporáneos y de los que, por tanto, se conservan archivos fotográficos. En este caso, dado que se trata de un suceso que tuvo lugar durante la Edad Media, no había material gráfico, lo que ha dificultado poder ilustrarlo, y también ha supuesto un cambio respecto al estilo y registro habitual de las obras que hacemos. Una vez concretada la propuesta, hicimos una reunión con miembros del ayuntamiento para ver el espacio a intervenir. En esta reunión también asistió un historiador local que ayudó a matizar cuál era el episodio que se había de ilustrar y también aportó material documental, facilitando libros y referencias que nos pudieran servir para preparar el diseño. Dadas las características, en vez de consultar archivos físicos hicimos la tarea de investigación a través de las redes, recurriendo a documentos históricos para encontrar el legado gráfico que nos ayudara a ilustrar el tema de fondo, y escogimos una imagen que ilustraba muy bien los malos usos que provocaron la revuelta de los remences. Al igual que con las otras intervenciones que realizamos, consideramos que era interesante reproducir las imágenes históricas e intentar hacerlo de manera precisa y fidedigna. Acompañando la reproducción de la ilustración de la época decidimos mostrar lo que hubiera podido ser una imagen real de estas revueltas: campesinos armados con horcas y otros elementos del campo, mal equipados, atacando una casa feudal. Hicimos lo posible para generar una imagen que fuera elocuente y que transportara a los espectadores al clima tumultuoso que se vivía en ese periodo.

Se intentó armonizar el mural con la paleta cromática del edificio donde se realizó la intervención y utilizamos una gama de colores (dorados, ocres y granates), que nos trasladara a esta época y las imágenes y simbología que conservamos. El proyecto se llevó a cabo con éxito justo después de la Semana Santa de 2021.

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